domingo 1 de noviembre de 2009

“Deseos de cosas sanas”


En el exacto momento en el que sus ojos fueron adquiriendo el color de la duermevela me sorprendí con náuseas apreciando la fina hebra de luz que traspasaba la rendija de la puerta y se posaba en su pecho.

Más una noche, como otra de las tantas en el que excedidos de todos los excesos posibles rendimos culto prolijo a la lujuria.

Detesto sentirlo así, respirando entrecortadamente a mi lado, calentando mi ya recalentado lecho. Detesto tener que cambiar las sábanas cada vez que él se marcha hacia vaya a saber Dios donde. Detesto todo esto.

Hace calor afuera, el cielo habrá despuntando su aurora, pronto los ruidos de la ciudad van a colarse por las persianas, pronto se irá- me repito mentalmente como quien recuerda un trabalenguas.

Como me pone de mal humor este ser, como me fastidia la existencia, aquí durmiendo a mi lado como un bastardo.

Que ganas de abrirle las vísceras y dejar que sangre hasta la muerte.

Que ganas de partirle el hocico a martillazos…que ganas…

-¿Duermes corazón?

No cielo, aquí estoy pensando…en cómo voy a extrañarte cuando te vayas.

-Pero volveré corazón, ya lo sabes…

Si…ya lo sé.

martes 6 de octubre de 2009

“Primavera.”

Carmine empezó a sospechar que aquel sería un mal día cuando después de desnudarse se metió en la tina, el agua estaba tibia y le parecía un alivio para sus adoloridos músculos.

Sumergió la cabeza casi por completo y luego de algunos segundos volvió a salir a la superficie boqueando.

Trató de calmarse, pero estaba al borde de una crisis histérica.

Sentía tantas cosas inclasificables, de forma automática tomó la esponja enjabonada y la restregó frenéticamente por la piel que iba adquiriendo un tono rojo intenso.

De repente se sobresaltó, creyó oír un ruido sordo en la habitación contigua, aguzó los oídos y se quedó inmóvil, sin poder ni siquiera respirar.

Esta atrapada por el pánico, volvían las imágenes de la noche anterior a reptar hasta su fragilizada mente.

¿Estaba muerto?

¿Realmente lo estaba?

Suspiró hondamente y alargó lentamente el brazo, cogió la toalla y se puso de pie.

Estuvo contemplando su imagen en el espejo, tenía una ceja partida y algo hinchada, fuera de eso, el único rastro de violencia era el que sentía en el dolor del cuerpo, en las vísceras, en la mismísima alma.

Tomó un frasco de Valium del botiquín, se tragó una píldora y se quedó mirando al espejo.

Dios- murmuró para sí misma y cuando sus ojos empezaron a desbordarse en lágrimas volvió a vivir el terror.

En la oscuridad de la habitación una mano tiraba furiosamente de las mantas, la tomaba del pelo, la arrastraba hasta un rincón. Sentía los golpes, sentía como le arrancaba la ropa, ella trataba desesperadamente de defenderse, era inútil solo había oscuridad y un ser que olía a acritud, que respiraba agitadamente, que ansiaba destrozarla.

De una cosa Carmine estaba segura, la muerte rápida podría ser más dulce.

En un impulso, sin darse cuenta de sus actos, asió el velador que tenía a mano y lo reventó contra la cabeza de aquel agresor invisible.

Inhaló, exhaló… recordó las clases de yoga, siguió mirándose al espejo, esta vez algo muy parecido a una media sonrisa se dibujó en su rostro.

Leo, Leo…te dije que habíamos terminado- canturreaba ella mientras bajaba los peldaños de la escalera.

Envuelta en la toalla fue hasta la cocina, abrió el refrigerador y tomó una botella pequeña de cerveza, la destapó y se dispuso a beberla.

Apoyada contra la ventana miraba como unas flores violetas muy pequeñas iban cayendo lentamente sobre el césped del patio.

Primavera-pensó Carmine.

¿Qué has dicho?-Gritó ella al vacío de la estancia.

Fue hasta el freezer y levantó la tapa de aquel cubículo, miró adentro unos minutos.

Brazos, piernas y otros miembros ahora eran un bulto raro y el hielo había formado una costra blancuzca sobre él.

Perdón Leo, no te escucho- dijo-Una risa histriónica se esparció por toda la casa.

miércoles 30 de septiembre de 2009

“Cronología.”

Lloviznaba tenuemente en la siesta, Lautaro estaba fumándose su cigarrillo muy detenidamente, casi como un ritual, mirando absorto por la ventana. Por ratos miraba a Juno que estaba inquieto en la habitación, supuestamente debería estar terminando su obra del mes, pero Lautaro lo conocía muy bien, sabía que lo que ocurría era que estaba sin inspiración por lo consecuente bastante irritado.

Soltó una leve risa, meneó la cabeza y continuó apeado al vidrio.

-¡Tú no puedes jugar!- Le vociferó la niña mala.

-¿Por qué? – preguntó tímidamente el niño, casi lagrimeando.

-Eres niño, los niños no juegan con las niñas- sentenció la pequeña brujita de dos colitas.

En ese momento tenía 8 años y no entendía mucho de la vida, pero estaba seguro que aquello era injusto, sin embargo calló, calló tanto y por tanto tiempo, simplemente se cansó de discutirlo, de buscar respuestas, se dejó ser.

A la larga concluyó que algún día tomaría revancha, algún día volvería a hablar.

Pero eso no tenía importancia, se sentía mejor hablando consigo mismo.

Los doctores decían que podría ser autismo, o algún otro síndrome de nombre complicado.

En el fondo Lautaro sabía que era solo su técnica de aislamiento auto -infringido.

Soportó por muchos años los azotes de aquel padre borracho, los llantos incesables de aquella madre cobarde, peros siguió callando, ya llegaría su hora de hablar.

La adolescencia no le pareció muy distinta a la infancia, se dio cuenta que la maldad de las personas y la incapacidad de éstas para aceptarlo seguía siendo igual.

Sin embargo no contó con un factor, el tiempo lo fue tornando un joven demasiado hermoso para lo que se podría llamar normal.

Sus ojos tan verdes que casi parecían transparentes, sus labios rosados y una sonrisa que muy pocas veces la usaba. Por descaso tenía el pelo largo y rubio casi llegándole por debajo de los hombros.

Lo más irónico es que él o bien no tenía conciencia de su belleza o bien no le importaba en lo mínimo.

Había continuado a ser un huraño y mudo joven. Tan desaliñado y enajenado que la gente huía de su posible compañía, sin saber que eso no ocurriría nunca, por más que los planetas se alinearan. Lautaro se alejaba de ellas como el Diablo de la cruz.

-Es hora- dijo él pastosamente, con una voz tan celestial que al oírla su madre casi se desplomó en el suelo.

En 16 años había perdido toda esperanza de oírlo pronunciar una palabra, pero él estaba allí en medio de la sala mirándola con sus enormes y estáticos ojos verdes.

Si se hubiera fijado más detenidamente se hubiera dado cuenta de aquel cuchillo en su mano, de su esposo tendido un poco hacia la derecha de la sala, pero estaba tan perpleja cuando volvió de la feria y escucho a Lautaro hablar que ni siquiera pudo entender el frío metal atravesándole el vientre, haciendo brotar la tibia sangre. No, nunca entendió nada.

La policía supuso que había sido un asalto, el joven no había pronunciado ni una sola palabra durante el interrogatorio. Los vecinos explicaron que aquel adolescente era mudo y retraído con posibles disturbios mentales, pero sumamente inofensivo.

Así quedó el caso.

Apagó el cigarrillo en el cenicero y se alejó de la ventana, volvió a mirar a Juno que ya estaba más tranquilo, casi como un niño escribiendo sobre la mesa.

Suspiró, trató de pensar que era lo que le despertaba aquel chico de la capital que se había instalado sin muchas vueltas en su casa un sábado cualquiera.

Se habían conocido en un museo y luego terminaron en un bar, que terminó en su cama, que terminó en la semana en una mochila y muchos cuadernos dispersados por la casa.

-Es increíble- dijo Juno dando un puñetazo leve a la mesa-¿Tienes idea de lo difícil que es no estar en un día bueno para escribir? Y lo miró con los ojos enrojecidos.

Lautaro, le pasó la mano por la nuca y asintió con un cabeceo casi imperceptible.

-Lo siento – se disculpó Juno, que seguía convencido que aquel hermoso y bien acomodado joven era lo más bueno que le había pasado nunca, encima era mudo, no discutirían nunca.

Lautaro lo dejó a Juno con su rabieta en la sala, salió al jardín que estaba muy mojado, sintió las finísimas gotas de llovizna en la cara, sin embargo siguió caminando tranquilamente por el sendero del costado que llevaba al río. Se había mudado a la antigua casa de veraneo de sus padres poco después de la muerte de estos. Como no tenía parientes que reclamaran nada había quedado huérfano y millonario a la vez, cosa que no le molestaba, lo había planeado muy bien.

En cuatro años Juno fue el primer compañero que él se atrevió a conservar, no el primero, pero no quería recordar los otros, cuando lo hacía siempre había daños colaterales, decidió entonces que mejor no recordar nada hoy, la tarde oscura era demasiado bella, era mejor que siguiera siendo.

El día en que cumplió 15 años Lautaro recibió un extraño regalo, no lo esperaba cuando sus compañeros de colegio lo subieron a la rastra a una furgoneta, simplemente trató de defenderse pero ellos estaban en mayor cantidad. Soportó como había soportado tantas cosas en silencio, pero se encargó de memorizar cada rostro sudado que lo molía a palos, se centró especialmente en aquel que lo había sodomizado con una botella.

Ese invierno la cuidad estaba con los pelos de punta, habían ocurrido 5 asesinatos en el colegio de Lautaro y lo peor era que la policía estaba con las manos atadas, todos ellos tenían la misma firma, pero el asesino era tan astuto que no había dejado el menor rastro.

Lo disfrutó inmensamente al mirar a los ojos del pelirrojo llenos de terror (antes de hacer una escultura con sus vísceras en su habitación) y pronunciar solemnemente:

-Es la hora.

El río estaba turbulento como siempre, le gustaba quedarse en el barranco y mirarlo con devoción. El se sentía parte del río, silencioso y turbulento, corriendo, corriendo…él era el río.

Estaba sentado con las piernas cruzadas en posición de Loto, se soltó el pelo que lo llevaba recogido en la nuca. Había parado de lloviznar, encendió otro cigarrillo y volvió a suspirar.

-Sentía la mano huesuda ceñirse más y más al cuello, sentía que perdía la noción de todo a su alrededor, era dulce sentir la muerte llegando, besándole la oreja.

-¡Maldito bastardo! Gritaba el hombre. ¿Crees que soy estúpido?

¿Acaso piensas que he criado un hijo para ser un poeta maricón?

La mano apretaba más y más, Lautaro se desvanecía. La madre estaba muy quieta con la cuchara de palo en la mano en el umbral de la habitación.

-T e he oído recitando la madrugada pasada, todos estos años y yo creyendo que solo eras un estúpido mudo, Violeta la culpa es tuya, criaste a un imbécil que encima se mofa de nosotros.

La madre ahora lloraba apretándose el delantal- Es solo un niño Marcel, lo estas lastimando. Estás ebrio sabes que nuestro Lautaro no habla pobrecito.

La mano lo soltó, Lautaro sintió como el aire volvía a entrarle por los pulmones, la muerte se alejaba guiñándole un ojo.

Sentado allí en el borde de aquel inmenso río Lautaro sacó de su bolsillo una pequeña libreta forrada en cuero y empezó a recitar con aquella voz ronca que poseía.

Alma lacerada ¿Qué has hecho de tus jóvenes unicornios?

El pueblo de tu origen aun sigue allí; con sus verdes prados y armoniosos ríos, llamándote, llorándote.

¿Qué te ha negado el mundo por lo que escondes en tus pupilas tanto rencor?

¿Qué hay de toda esta música que sin cansarte alma, entonabas?

Bien sé que en el fondo aun belleza anidas, que nunca estuviste más escondida

¡Libérate entonces alma celestial!

¡Deja que en tu río los ángeles vuelvan a cantar!

Soltó una carajada limpia y se levanto dispuesto a volver a la casa.

Caminaba lentamente silbando un viejo tango, estaba de muy buen humor.

Sabía que después de la cena para Juno “sería la hora”.

lunes 28 de septiembre de 2009

Liniers, lo amo!

La soledad mas linda.


Me gusta sonreir y pensar que tambien lo haces.

domingo 27 de septiembre de 2009

“Neoland”


Me mudo.

Sí, mientras bebo en esta tarde sofocante una jarra de agua helada te estoy contando, sin falsas espectativas, simplemente me voy.

Digo me voy, porque quiero creer que salir de aquí me hará bien.

No es que haya estado del todo mal esto de lo nuestro, no te lo creas. Las cosas a veces solo son como son y nuestra cosa nunca fue, solo eso.

Me voy porque hay demasiada mala nostalgia disfrazada de humedad aquí, si me fijo detenidamente hasta puedo jurar que los paisajes fueron volviéndose parte de las paredes.

No quiero seguir aquí, aquí hay algo así como una censura a la homilía que solía rendirle a él. Sé que nunca entendiste mi devoción y no te culpo, conozco mucha gente que también no lo comprende, pero si tampoco yo consigo entenderlo a veces. (Tanta idolatría podría hacerme perder en cielo se me ocurre.)

Sin embargo no puedo desintoxicarme del todo aquí, es por eso que estoy empacando mis cosas (sola, claro, siempre estoy sola en las etapas transitorias.)

Estoy escuchando canciones que hacía mucho que no las oía o que simplemente nunca lo hice, es extraño todo lo que genera esto.

Me gusta creer que cuando salga de aquí voy a dejar cosas enterradas como baúles atemporales en cada rincón.

No sé si es sano pensar que podría despegarme de todo dolor, de todo error, de todo lo que nunca fue.

Es que no entiendes, ya lo sé. Nunca entendiste mucha cosa de mí, hasta me asustaría si así lo fuese. No es que te reproche, o sí, quizás si lo haga. A estas alturas no voy a andar con ponderosidades inútiles.

Es que es inútil, todo es inútil cuando hay otra persona de por medio.

Y cuando hablo de otra persona es cuando salgo de mi propio hedonismo para reír un rato.

Que mi alma está enferma de poesía ya lo sé, que mi carácter es insoportable en convivencia también. Sabiendo lo que sé y pasando lo que pasé quiero dejar de culparme por estar viva.

¿Lo ves? Te dije que no entraría en tu cabeza ese tipo de alucinaciones de un domingo de tarde, se me termina el agua, voy a buscar más hielo y vuelvo.

**

Me traje algunas aspirinas de paso, pues esto de tratar de explicarte lo que realmente me pasa me dio un gran dolor de cabeza, de esos que siempre me cambian el humor.

Todavía hace mucho calor y la tarde se va desmoronando de a poquito.

Mientras cada sorbo de agua se sabe más y más amargo que se yo porque.

No quiero tener estas afrontas contigo, no me hace bien.

Algo en el centro de mi pecho se anida tibiamente cuando te nombro, no es que te quiera, creo que no sé querer como quieren los demás. O como supusiste que te querría,

des-com-pro-me-ti-da-mente, sin exigirte nada, sin esperar nada (sin chistar)

Creo que eso es cosas de las mujeres mártires, eso de esperar tejiendo, eso de no meterse en “cosas de hombres”.

Estoy aprendiendo en este proceso a detestar más de lo que ya lo hacía a los hombres, no como género, claro, pero como ese estandarte tan hipócrita que algunos lo ostentan con “viril orgullo”.

Ahí siempre vamos a discordar, no lo dudo.

Porque hay gente que se conforma con carne, otras en cambio siempre esperan que caiga el “maná”. ¿Es extraño acaso verme mirando todos los amaneceres al cielo?

( Si entibiaste mi costado fue porque así lo dispuse, no necesito darme razones.)

Es que cuando más te digo las cosas, más te quedas ahí, congelado en tu tiempo, con todos esos pensamientos tan limitados de la vida.

Quisiera ser superiormente fútil y decirte que no me importa en lo mínimo lo que hagas o dejes de hacer, siempre y cuando me sobren migajas de tu cuerpo bien torneado.

Pero cuando subo a la muralla puedo divisar exactamente todo lo que hay más allá y me es dolorosamente imposible hacer de cuenta que no lo veo.

¿Ahora entiendes por lo menos en parte porque debo ir?

En realidad es exactamente irrelevante. Estoy hastiada de fingir que quiero ser normal.

No lo quiero y no lo voy a querer.

Me gusta llorar con la llovizna, llenarme los pulmones de cuentos y café.

No me interesa como debería ser, créelo.

Voy a separar las cosas que me parecen imprescindibles, es odioso darme cuenta que de banalidades acumulé a la larga, sin querer me voy también dando cuenta de que no estás entre ellas, las cosas que realmente necesito.

Estarás pensando que soy egoísta, está bien, te concedo todo el derecho de echarme la culpa de tus frustraciones, sí aquí pongo el pecho para que descargues en él todo aquello que dejaste ir por simples apatía (Dios, es que también soy una de esas cosas)

(Me voy, me voy, me estoy yendo hace rato y no lo notaste.)

No te preocupes que esto de desentenderme con la gente ya dura mucho tiempo, no sea que parezca algo personal.

Haciendo un vago cálculo a otros tantos más también los desterré de forma impetuosa, los hice a un lado de pronto. Los detesté como te detesto, los fui lapidando sistemáticamente con mis fobias y mis filias. Los hice desandar el camino.

Verás, soy mala, no puedo más que conformarme con mi maldad. Me da lástima a veces, eso sí, la pérdida irreparable de tiempo, de ganas.

Pero cuando me pongo como hoy a desplumar todo este almohadón de los días pasados me siento más calmada.

Te dejo el disco (la única y miserable cosa que te atreviste a regalarme)

Ya no puedo retrasarlo más.

Me voy.

martes 8 de septiembre de 2009

“Relato de un suicida”


Fui construyéndote desde la primera vez que te sentí.

Fui haciendo un terrorífico collar para adornar mis propios dolores.

Te hice abrasante como el fulgor del sol sobre el Oriente.

Te hice dulce como las pequeñas gotas que liban los colibríes.

Entonces fuiste mi obra más detestable y sin embargo no conseguí odiarte.

Han pasado los años, un murciélago gris vino en busca de mis sonrisas y nada más halló que la mueca de lo que fueron, las tardes que en lo alto pasamos.

Te llamé “amor” quizás porque aún no había decido abrir las puertas que llevaban al calabozo de tu recuerdo.

(Han pasado los años, asumo toda culpa que sobre tu grácil cabellera cayó,

pero me niego a confiar en los adjetivos ajenos.)

Nunca podrían describir lo que fuimos, no quien no fue parte de nosotros.

Por eso aún conservo tus fotos, tus discos, tus prendas olvidadas.

Todavía te encuentro en mis noches amputadas y sigue lamiendo un gajo de limón con vodka tu infantil sonrisa ausente.

No podría decidir en qué episodio confuso te perdí, porque fueron tantas las veces en que aborreciblemente decidí hostigarte que hacer una lista me sería imposible.

Sin embargo, mi ser disminuido a lo más ínfimo de su insignificancia lo presiente,

Sabe cuán grande es tu rencor, sabe cuán grande es tu ego astillado.

Y es por eso que no se anima a dejarte ir, a mezclarte con otros recuerdos comunes.

miércoles 5 de agosto de 2009

"Eso"


Somos como los perejiles, frágiles, esmirriados, sencillos –decía él quedamente como arrastrando cada palabra con dificultad.

Así somos los hombres, perejiles frescos- seguía chupando el resto de tinto de su vaso, como si de esa manera prolongaría el gusto agrio en su paladar.

Me daba cierta lástima verlo así, tenía el pelo enmarañado sobre la cara, más parecido a un montón de cobre que se fue encasquetando primero, luego derramándose por su cabeza de “chorlito” como le decía amorosamente los días en los que no me irritaba verlo.

Bien que nos buscamos y terminamos siempre así- profesaba él-Solo, solo como perro malo-entre hipo e hipo volvía a acordarse de su “eso”.

Seguía tratando de adivinar si despotricaría contra la pobre silla de nuevo

o si se largaría a llorar.

Pobre flaco, pensar que todo fue por querer encontrar “eso”.

“Eso” lo llamaba él cuando no estaba ido de copas a todo aquello que lo hacía suspirar, algunas veces era un viejo libro que lo releía en las siestas cuando salíamos a recorrer cafés de mala muerte en busca de un sitio en donde el calor no nos achicharrara los sesos.

Otras veces era la lluvia, cuando escapando de algún pseudoliterato de pacotilla nos largábamos a chapotear entre raudal y raudal.

No recuerdo cuando fue que empezó con obsesionarse con lo que él consideraba el “eso excelso”.

Para mí realmente el “eso” podría ser verlo en la cocina preparando un omelette para comernos luego de una merecida noche de borrachera (siempre que está contento él silba, no sé por qué pero me gusta oírlo)

O rascarle la cabeza mientras escuchábamos algún disco conocido de memoria.

Pero eso antes, ahora el está aquí acodado precaria y peligrosamente al borde de la mesa con los ojos rojos como los de un conejo, balbuceando cosas acerca de estar solo.

Y no, para que mentir, como de costumbre no soy número en su cuenta, me acomodo de lado en la silla y vuelvo a mis escritos a lastimar a las pobres hojas en blanco.


miércoles 24 de junio de 2009

“Urbanidad”



Unos ojos excesivamente grandes y rasgados, de un color indefinido como el que adquieren las hojas de los zarzos en el otoño, entre el marrón y el verde parduzco.

Eran unos ojos profundos y perdidos, los más bellos que había visto algún día.

Por una fracción de segundos sostuve la mirada y luego la desvié de forma abrupta,

Volviendo a clavarla en mi grueso cuaderno de apuntes.

Algo parecido a un estremecimiento recorrió mi espinazo, sentía como si hubiera ratas arañando las paredes de mi caja torácica.

Me puse a observar aquella esmirriada figura por el rabillo del ojo, tenía el pelo que le caía sobre los hombros, castaño.

Por ratos los rizaba con

sus dedos finísimos y largos como garzas.

La distancia que nos separaba era de solo algunas mesas en aquella soporífera cafetería.

Mis piernas comenzaron a cobrar vida propia y totalmente ajenas a mis comandos empezaron a temblequear al ritmo del tamborileo de mis dedos, cuando caí en cuenta había más café en el platillo que en mi taza.

Seguía queriendo descubrir alguna mirada proveniente de aquella mesa.

Supuse que escribía pues su lapicera subía y bajaba de forma concentrada unas hojas sueltas,más allá algunos libros zurrados encimados a un costado de su codo.

Tenía el pecho atravesado por un morral indígena de anacrónico aspecto, de vez en cuando colgaba aquella lánguida mirada sobre lo que ocurría del otro lado del cristal donde la gente deambulaba como pavos borrachos.

Su grácil cuello, la manera de ladear la cabeza, todo en su porte me recordaba a un gato, si un indomesticable gato. En eso pensaba cuando volví a mirar de soslayo y para mi total desesperación me encontré con la mesa vacía.

¡Horror! Se había marchado.

Una angustia tan apremiante se adueño de mí que de un empujón me puse de pié y tras tirar unos billetes al mesero, trastabillando con todo, corrí, corrí buscando la salida.

Necesitaba aquellos ojos, ¡Dios! Como los necesitaba. Tenía que volver a encontrarlos, era algo que no podía explicar en aquel momento. Era esa clase de necesidad que sienten cierto tipo de personas, como las que se auto mutilan o los dependientes químicos supuse en tanto que lo poco de coherencia que existía en mí se esfumaba.

Jadeantemente traspasé las puertas de enfrente y el tufo de la tarde inundó mis pulmones.

Era una de esas tardes sin estación aparente en donde la presión podía ser sentida sobre las sienes.

Hurgué en mis bolsillos y extraje un cigarrillo, miré al costado y allí estaba...

Allí con una mano aferrada al morral, con la otra a la altura de la frente en forma de visera, su mirada atravesando el horizonte más allá de mí, detrás de mi cabeza, muy detrás. Escudriñaba quizá un autobús que nunca llegaría, enfundada en sus viejas zapatillas, viejas como sus jeans, allí estaba, erguida como un gato egipcio, aquella figura.

¿Quién era? ¿De dónde provenía? ¿A qué nombre respondería?

Me mantuve a una distancia que consideré prudente y en un cantero de raquíticas plantas me senté.

En cuanto hube apagado la colilla de mi cigarrillo con la punta del pié percibí una tibia presencia a mi derecha, mal pude balbucear algo cuando alcé la vista. Allí a pocos metros de distancia estaban los ojos que me habían desarmado en la cafetería.

Pero ahora eran un conjunto casi sublime, unas cejas marrones enmarcando un largo y fino rostro, una nariz afilada, unos labios rosa té que me sonreían de forma amistosa.

-¿Qué ómnibus aguarda? Dijo una voz que bien podría ser proveniente de una lira o del mismísimo cielo.

-Creo…creo que el último... articulé torpemente.

Una risa aflautada cubrió el aire que me rodeaba de pequeñas estrellas y cuando me repuse del encantamiento vi como aquella figura se alejaba, para desvanecerse en el interior de un mostro-bus color rojo y blanco.

jueves 4 de junio de 2009

"El único sonido"

Deja ya de mirarme así que no me puedo concentrar-le dije.

Nadia había estando estudiando mis movimientos desde que tomé el mazo de cartas.

Entonces deja de beber y podrás hacerlo-me devolvió.

Cuando lo hizo soltó una de aquellas carcajadas limpias, que hacía que sus oscuros rizos se estremecieran con todo su moreno cuerpo.

Ella era tan simple y tan sincera que me daba miedo.

Cuando  comenzamos nuestra amistad pensé que sería la persona más fácil de tratar.

De hecho lo era, pero despertaba cosas en mí que todavía me daba pena asumirlas.

Cada vez que buscaba su compañía era imprescindible encontrar alguna excusa,

No quería pensar que la necesitaba, lo hacía realmente porque ella era mi antítesis.

Era bueno encontrar guarida en su bulliciosa casa.

No importaba que clase de engendros pululasen por allí, Nadia  sabía cómo hacerme sentir en casa. Era como si tuviésemos un código secreto.

**

Siempre creí que las amistades no eran del todo algo confiable, mi vida truculenta no podría nunca ser adoptada por ninguna clase de ser errante y menos ser ejemplo de nada.

Claro que mi ego  estaba siendo acariciado constantemente, eso si me dejaba un sabor dulcísimo en el paladar. (Más aun si esas caricias se tornaban algo físico.)

Mi joven “popularidad” me permitió rodearme a diestra y siniestra de lo que yo consideraba quizás una clase detestable, pero era la clase que me admiraba y yo con eso me bastaba de cierto infantil modo.

¿Por qué lo hacía?

No sabría decírselo.

Cuando era muy joven tenía el recuerdo cálido de mi padre en toda su magnífica estatura que me miraba través de sus gafas, el sonreía, pero sabía que cualquier cosa que hiciera levemente mal sería una afronta para él.

(Quizás hasta hoy en día lo sea.) Cuando veo la imagen graciosa de mi hermana con esa manera tan informal de llegar hasta él, todavía la detesto más que antes, cuando éramos jóvenes.

Bueno creo que mis divagues suelen llevarme hasta eso.

Siempre está esa imagen en mi memoria, siempre está aquel hombre repulsivo, siempre mi padre y su simpatía por él, siempre mi hermana sonriendo, siempre mi madre acusándome de ser una persona libertina y sin escrúpulos.

Dios solo me gustaría expulsarlas de mi alma, así podría no odiarme a mí misma, así podría aprender a querer un poco más a la vida  que se me abría en todo su esplendor.

Ahora papá no estaba, era cierto pero creo que eso llenó de amargura a mamá y mi hermana estaba perdida en sus paraísos artificiales. Pero yo no tenía nada que ver con todo eso, era como si no perteneciese a aquella familia.

¿Pero eso que tiene que ver con Nadia y esta madrugada como tantas otras en la que ella está con toda su frescura sentada frente a mí?

***

¿Amistad/amor?

No, mis experiencias anteriores me demostraban que había sido un mal trayecto.

Recordaba a Lía y todo ese embrollo, todavía tenía que soportar verla siempre hablando de su novio, siempre con su novio…y yo siempre como una persona “amiga”.

(Muy amiga, claro…cuando nos desvestimos en mi cuarto, cuando la hice más mujer de lo que nunca fue, claro...luego el desentendimiento, la distancia, ¡bah! Ya lo sabía de memoria.)

Lía siempre sería esa espina de pescado atravesada en la garganta.

Y en una breve retrospectiva también estaba este personaje inclasificable.

Cuando nos conocimos hace unos dos inviernos (Claro que ya tenía a Nadia, pero ella aun no llenaba todo mi espacio como ahora.)

Bueno cuando nos conocimos había algo de fantasioso en ese hecho,

Era una persona tan inteligente (Desconcertantemente inteligente)

Que no pude más que intentar conquistarla. No sabría con exactitud qué era lo que me fascinaba...podría ser nuestros gustos demasiado parecidos, o su supuesta inocencia, reitero que no sé exactamente que fue.

Pero de ese tiempo hasta aquí todo se volvió más turbio, como una nube de langostas asomándose a un maizal.

Ya no podía distinguir qué era lo que me hacía aferrarme a ella, veía a Nadia y lo que no éramos y nunca podríamos llegar a ser, veía a mi vida sin sentido, mis eternas dudas existenciales, mis frustraciones, todo...todo ese proceso que me aterraba y sin embargo cuando llegaba la noche necesitaba oírla, saber que estaba allí, que me adoraba que me idealizaba, no importaba...solo quería tener algo(o alguien).

La soledad suele ser un pájaro solitario llorando en un campanario.

 

****

¿Bueno me vas a contar o no que tal está esa tu nueva “relación”?-

(El tono satírico de Nadia me molestó, pues esperaba en realidad que ella sintiese celos, que me retirara su amistad, que no me acompañase los fines de semana a jugar a las cartas, ¡Algo! Algo que me demostrase que se importaba conmigo, que me quería como yo a ella, que ningún prejuicio ni artimaña podrían separarnos.

Pero las ilusiones se me destartalaban ante los ojos como esos montículos de hojas secas que tanto trabajo nos cuesta reunir y un pequeño viento aparece y ¡fushhhh!

Tanto trabajo para nada.)

Una mano tibia me sacó del sopor.

Creo que deberíamos conversar me dijo aquel timbre que estaba volviéndose aburrido para mí.

Solté las cartas y miré a Nadia con aires de que nada podía hacer para zafarme de aquello.

No sé porqué me pareció advertir una leve mirada de pena en el rostro moreno y bello de Nadia, era como si necesitaba confesarme algo y no sabía cómo hacerlo.

Pues que sea-Pensé en mis adentros, cogí la botella de vodka y me dispuse a ser escoltada por él. Hoy sería la noche, ya no más teatro Moira- me repetía mientras las primeras gotas nos alcanzaban en el oscuro camino, él simplemente respiraba de forma dificultosa murmurando algo inentendible, algo así como:

“Moira mía por siempre”...

Creo que era solo el alcohol que se mezclaba en mi cabeza,

Pero de algo estaba segura, aquello no podía pasar de esta noche.

El único sonido que llegaba atravesando los mirtos era la música desde la casa de Nadia desvaneciéndose.

martes 26 de mayo de 2009

Sepia


¡Que no!-grité-en la habitación oscura y vacía, el eco de mi voz lejano y agonizante me dio escalofríos.

Grité que no porque en ese instante estaba pensando en Moira y en todas esas cosas que me hacían detestarla y desearla a la vez.

No, no quería volver a sus pies a suplicarle que volviéramos a nuestras bohémicas tardes de consuelo mutuo. El consuelo de tener un alma perdida como la nuestra, libertina y a veces histérica.

¡Ah! Como me podía Moira, ella podía todo conmigo, cuando abría muy seria sus inmensos y gatunos ojos, mi pulso congelaba todas sus funciones.

Sus gestos eran estudiados, era como si me quisiera idiotizar a cada movimiento de sus delgadas manos, a cada lento paseo de su rosada lengua por sus desconcertantes labios. Cuando ladeaba la cabeza coronada de hebras color trigo y reía.

Ella tenía ese poder y para mi joven desgracia ella era plenamente consciente de ello.

¡Que no! Me repetía una y otra vez a mí mismo, quería creer que no estaba tan obsesionado como podría parecer, mientras me decidía a escuchar algo de música para distraer la mente por lo menos un rato.

Pero allí estaba ella, desparramada en todas aquellas notas, era Moira en cada acorde, en cada frase, toda ella cabía en una canción.

Llevando mis nudosos dedos a las sienes lloré...era insoportable toda la belleza y el dolor de oír la misma música que oíamos juntos.

Era recordar como dos manos algún día estuvieron unidas. Como dos ramas de árbol, juntas más distanciadas a la vez.

Era tan desgraciado, lo sabía, pero había algo perversamente placentero en saberme desgraciado.

Saber que mi desgracia sería algo importante en mi vida miserable, un motivo para levantar la nariz y brindar. Eso es linda Moira, soy tan desgraciado gracias a ti...

Las últimas notas de la canción se estaban desvaneciendo junto con la tarde aturdidora,

Junto con los últimos recuerdos y con la poca coherencia que me restaba.

Me asfixiaba dentro de mis jeans y la remera se me pegaba al cuerpo como una reptil piel.

El vaso de whisky sudada y me empedernía en terminarlo una y otra vez para volver a llenarlo, el señor de galera me miraba muy sobrio desde su botella a medio llenar, ¿o vaciar?

Tanto daba, tanto daba todo, la tarde, la noche todo era mareo ya, todo era ganas de saltar por el balcón e ir en busca de Moira.

Pero recordé en medio de mis nauseas algo que era como un sueño, o solo una alucinación azucarada, llena de moscas. Algo que me ardía en el pecho, algo que solo podía ver en flashes colores sepia.

(Pero si al final de cuentas ya no había Moira, ella ya no estaba, no estaba como nunca estuvo en mi maldita vida.)

La imagen se me confundía con las gotas de lluvias distorsionadas en el cristal. Recordaba, o creía hacerlo...

Era ella, Moira seria sentada a mi lado en la cama diciéndome que sí, que yo era parte de su vida pero a su manera, era ella mirándome con esa lástima que solía mirarme a veces cuando todo lo que le ofrecía le parecía demasiado.

Era yo ahogándome en llantos como un niño huérfano y sintiendo su indiferencia filosa sobre mis hombros.

Era ella, arrancando cruelmente mi corazón y dejándolo rodar por los raudales afuera.

¡Siempre era ella!

(Eran mis nudosos dedos apretando aquel grácil y tierno cuello, apretándolos como si de esa manera pudiese dejar de amar, de amar aquel cuello hermoso, aquellos ojos gatunos llenos de lástima)

**

Dando tumbos llegué hasta la otra habitación, allí en la oscuridad pude oír una suave respiración y una ola de alivio recorrió mi espinazo.

Encendí la lámpara y observé la oscura cascada de rizos oscuros desparramados sobre la almohada, aspiré su perfume, sentí en tibio contacto de su brazo moreno.

¿Lloras mi amor?- me preguntó la joven voz de Nadia volviendo de entre los sueños.

¡No!-grité de forma iracunda, ¿cómo podía saber ella que no era Moira?

No, no lo era.

Entibiando mi cama como ella nunca lo hizo, regalándome su amor adolescente como ella nunca lo hizo.

¡Maldita sea! ¿Por qué la vida era tan sarcástica y me regalaba una cosa tan dulce e iluminada como Nadia?

¿Por qué estaba allí al alcance de mis manos?

Duérmete- le ordené mientras apagaba la lámpara y salía a tientas de la habitación.

***

Bajé jadeando hasta el jardín, allí estaba, allí estaba bajo el arbusto de granada, allí estaba ella esperándome.

Moira, mía para siempre, debajo de toda aquella tierra húmeda que tenía algo de su indiferencia, algo de su podrida esencia.


domingo 3 de mayo de 2009

Cosas de la rutina


Tuve que correr suavemente el papel absorbente de la mesada para estudiar los intrincados detalles de las florecillas marrones en los azulejos ajados.

(No es que me interesaran aquellas aberraciones de la decoración, pero era mejor eso que mirar sus ojos opacos, perdidos en las alacenas de la cocina, justo atrás de mi cabeza.)

Sorbía pequeños tragos de café y me dolía la uña que había roído empedernidamente la otra noche.

Sin embargo lo estudiaba disimuladamente, mientras el giraba una y otra vez, bajaba hasta una repisa del fregadero y volvía a subir, tratando de recordar donde había dejado la taza.

(No es que lo haya dicho, no claro, él nunca lo decía, pero por la manera de chuparse el labio inferior podía adivinarlo)

Raras eran las mañanas en las que su humor no se interponía al café.

Una luz albina atropellaba los cristales y rebotaba en la pared blancuzca y desconchada, dándole un aspecto aun más fantasmagórico, si es que eso era posible a la reducida estancia.

El pulso le temblaba aun, al verter el agua caliente de la tetera a la taza; pude advertirlo.

(Siempre me pregunté por qué le gustaba aquella taza horrorosa con un león algo bizco y la palabra “Leo”, de un verde chillón.)

Al contemplar aquella escena, no pude más que torcer algo la boca y reír con sorna.

Dejé de intentar disimularlo y arqueando una ceja lo encaré, encendiendo un cigarrillo

(De los pocos que me restaron de la noche anterior)

Fue cuando el timbre del teléfono lo sobresaltó, lo vi marcharse en dirección a la sala de estar, su figura alta distorsionada por el humo. Suspiré.

**

Ya estaba, lo había decidido desde que oí su ronca voz esta mañana cuando lo llamé.

-Vente- me había susurrado

Y colgué el teléfono con furia, ¿Cómo podía ser tan sórdido?

El tiempo que tardó el ómnibus en llegar a su vecindario fue suficiente para sopesar todas mis posibilidades.

Y ninguna llegó a convencerme…hasta que recordé el día en que lo había conocido (algo se apretó contra las paredes de mi estómago.)

***

La tarea de reunir los granos de arenas diseminados con los pulgares me había entretenido tanto que no supe en qué momento había tomado mi codo él.

Con su delicadeza tan característica me invitaba a acompañarlo (al jardín supuse, nuestro lugar neutro)

Negué levemente con la cabeza, me deshice de su larga mano y volví a mi posición original en la butaca de la mesada.

Un leve cosquilleo en mis pantorrillas me obligó a bajar la vista hasta “Berenice”, la pequeña gata siamesa, que estaba allí como toda una deidad, exigiendo atención.

(A veces estaba casi segura de que ella me echaba más de menos que él)

-¿Te llama siempre tan temprano?-indagué tratando de que mi voz sonase descuidada.

Su rostro lívido se contrajo y pasando un mechón de su castaño pelo detrás de la oreja, suspiró.

Era como si la densidad de la mañana acompañara su respiración,

Recostado al costado de la puerta trasera. Algo parecía gritar en mi interior:

-¡Detenlo!-

No sabía cuánto tiempo tardarían las lágrimas en asomarse por mis pestañas,

Volví a sentir la uña punzante.

Sin embargo de lo que sí estaba segura era de que ya no podía seguir actuando.

***

-¿Hace cuanto tiempo que lo sabes?-arrastré cada sílaba para tratar de demostrarle que no era una gran sorpresa para mí.

Su tartamudeo me irritó aun más.

¡Sal! ¡Vamos vete!

Un cojín purpura dio contra a la cabeza de mi hermano…acababa de llegar de la noche y el olor del vino picado no fue excusa para mí.

De un portazo lo dejé afuera de mi habitación, como si el fuese el único culpable de mi desgracia.

No sé si desgracia podía ser el término, pero frustrada quizás me quedara mejor.

****

Ahora él había sacado del paquete uno de mis cigarrillos y arrugando la cajetilla, la depositó en el cenicero.

Sus rasgados ojos encontraron los míos y cuando acercó sus labios a mi oreja, murmuró apenas audible:

-Lo siento-

Volví a sonreír, ya no con la misma sorna que la primera vez. Ahora la risa era un llanto estrangulado, un sonido grotesco…

Cogiendo a “Berenice” me puse de pie, alcé la vista para alcanzar sus ojos hipócritas y lo besé en la mejilla.

*****

Volví a sentir mi maldita uña roída, pero esta vez la estudié con calma mientras el ómnibus tambaleaba por entre las calles polvorientas.

“Berenice” me echaría de menos pensé mientras tocaba el timbre.

Y el tiempo en que tardó el ómnibus en salir de su vecindario habría sido casi el mismo en que tardó mi hermano en llegar a su casa y hallar su cadáver.

03/05/09

Ansiolíticos


La nariz casi toca el pecho, (mantener la cabeza erguida cuando la jaqueca tortura no es tarea fácil…ella lo sabe.)

Tampoco la sangre estaba en los planes, a veces duele tanto la cabeza que pequeños hilos de sangre van resbalando líquidamente por el

mentón, cuello, pecho níveo (en ese exacto orden).

Tantos barbitúricos y nada de disiparse esas sombr

as grisáceas que molestan tanto, y encima como duele la cabeza, como es pegajosa toda esa sangre.

Entorna los ojos, (respirar se vuelve cada vez más

dificultoso) boquea, boquea…

El pánico transformase

rápidamente en horror, miles de imágenes se desprenden de la pared y reptan por sus blancas carnes, sus uñas tratan de

arrancárselas, que salgan por Dios -piensa ella-que salgan de mi piel estas cosas.

Quiere parar de oír esos

quejidos también, esos bramidos desgarradores

que llegan desde algún lugar de la cabecera de la cama, y la sábana que era tan blanca esta ahora manchada de ese púrpura que escurre de sus aletas

dificultándole respirar, respirar…recuerda que es el mejor ejercicio, respirar el narcotizado olor del cuarto húmedo que la acuna claustrofóbicamente.

Por fin lentamente, inocentemente, perder el conocimiento, perderse en la niebla tenue que tranquiliza los nervios, que estanca la sangre, la estanca por un tiempo dulce

.


Coma

Allí estás, estático, anclado en ese universo sin horas, no sé si duermes, o simplemente sueñas despierto.

En tus pupilas dilatadas contemplo el vidrioso brillo que las esconde de la realidad, perdidas en sus órbitas, estancadas en sus cuencas.

Allí estás, te veo mas no te siento.

Te rozo y tu piel parece muerta, seca, fría…

No sé si me escuchas desde donde estás, o si mi voz convertida en sueños recordarás.

En tus tersos labios una mueca grotesca, un intento casi frustrado, una sonrisa bobalicona.

Te miro y en el pecho me urge la necesidad de correr, de salir, de abandonarte allí donde sea que estés.

                                            **                                                 

¿Y si te dejara? ¿Acaso me extrañarías? ¿Recordarías las noches en que te he velado allí donde sea que tú estabas?

T u cuerpo permanece inerte, allí en esa tu adolescencia perpetua.

 Tus finas manos descansan (palmas para arriba) a lo largo de tus costados,

Tus hebras que algún día perfumaron mi almohada ahora se esparcen cual calamar muerto en ese lecho inconsciente que te acuna.

Quizás ni sepas que tus ropas de etiqueta te las quitaron y luces como los demás el mismo traje grisáceo (Quizás lo sabes pero ya no te importa)

                                       ***                                                  

Creo que te envidio…sí, envidio esa “nada” que te recubre como una mortaja anticipada.

Envidio ese momento eterno en el que solo “existes”.

Sin embargo esta tu cuerpo allí, extendido y respirando.

Y sé que es lo único que me resta, que me aferra a esa “afección” ilógica que me he creado con relación a ti (¿o con relación a tu cuerpo que es todo lo que ahora tengo?)

                                ****                                                    

¿Por qué decidí entonces mantenerte vivo aun sabiendo que solo vegetarías?

¿Quién sabe el verte allí se convirtió para mí la única alternativa de “tenerte”, de ser te fiel, a ti, a todo aquello que me hiciste creer, de agradecerte? ¿De engrandecer me?

Si al menos pudiese saber lo que me engrilleta a ese tu cuerpo-vegetal, si al menos tuviese un poco de empatía…quizás solo así… ¡Te mataría!

                                                                07/08/07       

El podador

Con un ¡Crack! La rama se desprendió del árbol y cayó estrepitosamente al suelo,

Elevando pequeñas partículas de polvo que motearon las páginas de mí libro.

(Abril y ni señales del tan ansiado Otoño)

El viejo podador levantó una ceja para admirar su obra,

Luego se volvió hacia mí con el sudor resbalando aun en la mano en busca de mi aprobación.

Despegué lentamente la vista de mi libro para mirar tímidamente al frondoso árbol de mora

Ahora mutilado, pelado, grotesco en toda su dimensión.

Le devolví un leve cabeceo en respuesta, apenas como un cumplido.

El viejo me estudió un rato con sus pequeños ojuelos, sacándose la mugrosa gorra y limpiándose la frente con el brazo moreno.

Esbozó algo muy parecido a una risa que hizo temblar a su nutrido bigote (me recordaba vagamente a un gran escobillón) Se dio por satisfecho, prosiguió en su labor.

Una tras otras las ramas iban cubriendo el piso del jardín.

Caían torpes, pesadas, muertas (Creí oír alaridos de los árboles al ser desmembrados)

Mansfield* no había logrado alienarme del todo.

Los mirtos, ficus, guayaberos…

¡Dios! ¡Qué desnudo había quedado el jardín!

Y el viejo seguía allí con su gran tijera podadora (cruel arma homicida) riendo solo de forma abominable.

Cerré los ojos y demoré un poco en volver a abrirlos,

Cuando lo hice miré el desolador paisaje de miles de ramas descuartizadas,

Los árboles indefensos, sin brazos me entristecieron de sobremanera.

Entonces algo dentro de mí recordó que era otoño.

(Los árboles mutan en otoño, luego regresan esplendidos y altivos en primavera con toda su fuerza y verdor)

El viejo podador me observaba con un aire de irritación.

Me puse de pié de un salto (mi libro fue a parar a sus pies)

Al escuchar su resoplido le regalé una de mis más francas sonrisas.

¡Gracias! Fue lo único que conseguí articular.

El tomó su tijera y arrastrando los pasos derrotistamente se marchó.

Volví ruborizada a acurrucarme en el sillón recordando que era “otoño”.

13/04/09

"90"

Relajo...un tic que suena como aletargado...tic, tic Tan temprano y ¿qué le dice cuando entremezclado en ausencia y angustia el corazón late desesperado? ¿Que darle? ¿Morfina?¿ Diazepan?...o mas una vez...como toda vez que se oscurece : Placebo Recuerda cuantas veces volvió a darle cuerda y testarudamente  allá el ...tic, tic ¿Cuantas navajas cortaron su tibia carne una y otra vez ?

Gozó con el tibio correr, volvió a lamer las heridas después, pero ya estaba echo...lo volvió a hacer. Como aquella necesidad especial cada vez que despierta y un gusto a pesadilla aun siente en la lengua. Ahora camina en puntillas al amanecer pues las frías baldosas lastiman sus pies magullados, su nariz aprendió a reconocer el olor a mas un día perdido, le irrita sentirlo tan temprano, sin embargo no puede evitarlo... ¡no puede evitarlo! ¿Qué quieres si solo almacenó inviernos glaciares en su modesto pasado? ¿Cómo quieres que sus nudillos dejen de doler?

Tendido su cuerpo...no hay gravedad...se siente flotar, de vuelta le está devorando la realidad.

Toma unas pocas bocanadas de aire.

Sube el volumen, la música le protegerá por lo menos ahora, ahora que le lastima las retinas el sol maldito.

Sabe que llegará la noche, bien lo sabe, le excita aguardarla...

Contrae las piernas, se acurruca en el desvencijado sillón,

Volverán las imagines a poblar su mundo desintegrado, volverán, ¡Ay!

(Déjenlo escribir, déjenlo...)

No puede llorar, la garganta se le hizo un nudo pero traga saliva y sonríe.

El lado más perverso de su faz se va cubriendo de esas frases que le hacen convincente en sus roles... (El es sol, el es Luna)

tic, tic...levanta la cabeza burbujeante, otro cigarrillo y vuelve a ser el mismo, el mismo que entrada la noche se perderá en los libidinosos caminos.

Llegan las luciérnagas...llegan los pájaros nocturnos...

"Bajas al patio a mirar las estrellas".

 

 

La otra cefalea.

Aquella tarde observaba como el viento despeinaba las mechas que recortaban su rostro angelicalmente adolescente, sus rasgados ojos, su mansa sonrisa de pequeños dientes. Cada tarde, cada hora, cada lapso de tiempo robado a los demás (por que siempre están “Los Demás” atemporalmente).

Y me miraste de forma algo esquiva, pero no por eso menos fugaz (como cada año, como hace tres años) y mi corazón (como cuando la adolescencia te cubría de rubores, de pudores) mi corazón se estremeció.

Pero otros labios buscaron los tuyos desesperados de atención (Quizás por haber interceptado ese pequeño lapso en el que me sostuviste la mirada) y me hirió el alma la injusticia...o mejor los celos.

Los celos algo que no podía evitar por más que lo inténtase  a veces creía que con él con el correr de los días la confianza florecería y perdurarìa, aquella tarde al menos quiso sentir esa seguridad,  a pesar de la terrible cefalea.

Cuando levanté la mirada, desconcentrándome de forma torpe, tu mano, ¡Ay! Tu mano blanca recibía la presión de la “otra mano” algo oscura, que la estrujaba, como demostrando tener potestad sobre tu mano blanca, como queriendo no dejarla escapar (La “otra mano” algo escura atrapando tu mano blanca)

Tan blanca le pareció aquella tarde su piel, resguardada a la sombra del viejo cedro. Le gustaba contornear con los dedos cada trazo suyo, cada palmo de de su delgado cuerpo, para retener en

 “la caja del tiempo” (que siempre es fiel), eternamente aquella tarde, todos sus olores, 

Colores, sabores.

Amargo fue el trago-no lo niego. La primera vez en que pude volver a verte, parecía yo percibir (como me acostumbré con los años) percibir el aleteo nervioso de tu pequeña nariz(o quizás simplemente imaginé que surtiría ese efecto en ti, conociéndote como te conozco) Y no quisiste ni mirarme, mirabas entonces eso ojos grandes y claros (que no fueron tan claros contigo). Me quedé allí sintiendo en la médula el glaciar frío de tu impostada indiferencia.

El viento arrastrando las hojas, la tarde que lentamente se declinaba hacia su ocaso inevitable, no sabía explicarlo, pero había algo de melancolía en el sonido de su canción, algo que podía transportar su alma a un horizonte de otoño muy lejano y triste, algo que sin duda “la caja del tiempo “se encargaría de archivarlo abnegadamente.

Decidí que esta vez no me molestaría en dirigirte ni una seña, ni una reverencia (nada que delatara el galope absurdo de mi corazón) sin embargo no pude dejar de observar que tus mechas crecieron más que la última vez (¿Te habré visto en algún retrato? ¿Pero dónde?)Logré esa conclusión oteando disimuladamente, más teniendo la desagradable visión de esas “otras mechas” algo oscuras cerca de las tuyas tan finas y de ese color que tienen los trigos cuando maduran.

¿Cuántas veces creyó haber amado de forma tan íntegra, de cuerpo y alma como aquella tarde?

¿Qué  importaba si su canción sonara melancólica y su vos aflautada algo lejana? (Las emotividades a veces le sugestionaban cosas, en ese entonces ilógicas, imposibles, imperdonables.)

No podía y no puedo perdonar al tiempo, quizás no quiero, por la sencilla razón de no haberte puesto en mi camino de forma ordenada, siempre que te veo es así , nos tropezamos ambos con nuestras miradas y adivinando siempre nuestros movimientos , gestos , risas, nos alejamos de forma prudencial. Tú con aquellas “otras manos” algo oscuras , yo contemplando las mías tan vacías.

A veces pensaba que el tiempo era irónico, es que no podía sospechar que en aquella tarde ese dulce idilio de forma tan absurda concluiría. Muchas veces le aterraba la idea de no volver a rozar su aduraznada piel, de no volver a ver aquellos ojos tan bellos.

Cuando te miré por última vez ya estabas de pie (parecía que algo te molestaba)creí esperanzadamente que me dedicarías una última mirada , como un adiós sin decirlo.

Pero solo (No sé si por pura altivez o decoro) agachaste la cabeza y lo último que pude alcanzar a ver fue aquella “otra mano” algo oscura ciñendo tu cintura de forma mecánica... entonces... solo entonces comprendí “aquella tarde”.

Aquella tarde cubierta de melancolía, por puro despecho hacia su reflejo, con una lágrima y un quejido contenido, contra el árbol, de un solo golpe, rompió su amado espejo.

(Eso hace ya tres años y algo más)

10/10/07.

El hombre de la cabaña y el campo de Ortigas.


En aquella cabaña enmohecida,

Habitaba un hombre de alma envejecida.

En el campo de cultivo solo le restaban las ortigas.

Otrora al habitante aquel la cosecha girasoles prometía.

Bien recordaba con tristeza, el habitante,

Cuan bella su cosecha se veía.

Es que un día en

El tiempo de siembra hasta su cabaña llegó,

Un raro forastero: de sombrero y poncho.

Este con voz casi sombría

Le pregunto: "¿Llueve por aquí algún día?"

Él lo miró extrañado y le contesto:

"Pues verá usted forastero que si,

Llueve muy frecuentemente"

Con una sórdida carcajada el forastero se admiró

"Es usted muy creyente,

Le propongo un trato: Si en menos de tres meses no llega la lluvia a este plantío,

Usted ha de plantar Ortigas de por vida"

El habitante de la cabaña lo miro extrañado pero como era muy incrédulo de las cosas mundanas y muy creyente de su fe, le contesto con ironía:

"Pues amigo forastero si no lloviera en tres meses no viviría yo más que para plantar Ortigas."

Y fue así como el hombre de la cabaña, vio en menos de tres meses desvanecerse su bello campo tan esmeradamente cultivado.

Sus eternos girasoles a raquítica ramitas negras reducidas.

El forastero en efecto regresó y le requirió a este que cumpla con su trato.

El hombre de la cabaña, al ver su cosecha ya perdida, maldijo a todo lo que conocía y a todo lo que su fe contenía.

Se volvió iracundo y dejó de tener fe, decidió que de en adelante solo creería en las cosas de los hombres.

"La fe es para los mensos" -se dijo para sus adentros.

El forastero al darse por satisfecho, se marchó por donde había llegado.

El pobre habitante de la cabaña se dedicó tan solo a vivir para cultivar ortigas,

Ya que perdida la fe, a cada día su dicha maldecía.

Y así el alma envejecida del habitante de la cabaña vivió por siglos, sin saber que su campo solo se estropeó a medida que él pensaba que eso ocurriría,

Tampoco supo nunca que aquel forastero no fue un hombre realmente algún día.

viernes 24 de abril de 2009

Motivos sencillos




sábado 11 de abril de 2009

Motivos del Yguazú







Motivos BW



 

Motivos varios








viernes 10 de abril de 2009

Motivos verdes



martes 7 de abril de 2009

Motivos emotivos




Motivos caprichosos








Motivos caseros








domingo 5 de abril de 2009

Motivos florales




















Motivos de mi terruño (Laguna Yema)